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Fotografias de graduacion en Costa Rica: 7 años con Los Delfines en Quepos

Fotografias de graduacion en Costa Rica: 7 años con Los Delfines en Quepos: una semana de graduaciones que ya se siente como volver a casa

Hay trabajos que uno realiza, entrega y recuerda con cariño. Y hay otros que, con el paso de los años, empiezan a convertirse en parte de la propia historia.

Para mí, la semana de graduaciones del Colegio Los Delfines, en Quepos, pertenece definitivamente al segundo grupo.

Este año regresé por séptima vez a fotografiar a sus estudiantes y, mientras avanzaban los días, no podía evitar pensar en todo lo que ha cambiado desde aquella primera visita y, al mismo tiempo, en todo lo que se ha ido construyendo.

Porque después de siete años, ya no siento que simplemente voy a Quepos a realizar fotografías de graduación.

Siento que regreso a una comunidad que me ha permitido acompañar a sus estudiantes, conocer a sus familias, ver crecer generaciones enteras y formar parte de recuerdos que, con el tiempo, adquieren un valor enorme.

Todo comenzó en medio de la pandemia

Mi primera experiencia fotografiando graduaciones en Los Delfines fue en plena pandemia.

Ese primer año trabajé únicamente con los estudiantes de sexto grado. Era un grupo pequeño y, como todo lo que sucedía en ese momento, la experiencia estuvo marcada por circunstancias muy particulares.

Al año siguiente regresé y el proyecto creció. Fotografíamos preparatoria, sexto y noveno año. Los estudiantes de undécimo todavía no formaban parte del proyecto.

A partir del tercer año, sin embargo, empecé a fotografiar a todas las generaciones que cerraban una etapa importante: preparatoria, sexto grado, noveno año y undécimo.

Y así, casi sin darme cuenta, también comencé a verlos crecer.

He fotografiado estudiantes en sexto que años después han vuelto a estar frente a mi cámara en noveno. Más adelante, algunos de ellos regresan nuevamente como seniors, a punto de terminar el colegio y comenzar una etapa completamente distinta de sus vidas.

Eso cambia por completo el significado de mi trabajo.

Ya no estoy fotografiando únicamente cómo se veía una persona en determinado año.

Estoy documentando etapas de su vida.

La semana de graduaciones empieza mucho antes de llegar a Quepos

Aunque las sesiones se realizan durante una semana, para mí el proyecto comienza bastante antes.

Hay una parte creativa, pero también una parte logística enorme.

Cada año desarrollo diferentes propuestas de escenarios para que las familias puedan conocerlas previamente y participar en la selección del concepto que se utilizará.

No me interesa simplemente repetir el mismo escenario año tras año.

Quiero que cada generación tenga algo propio.

Una vez definido el concepto, comienza esa parte del trabajo que probablemente nadie ve.

Las listas.

Muchas listas.

Hago listas para asegurarme de que absolutamente nada se quede en el estudio.

Tengo que revisar el equipo de iluminación, las cámaras, los lentes, las tarjetas de memoria, las baterías, cargadores, computadora, discos, extensiones y todos esos pequeños accesorios que uno solamente extraña cuando no los tiene.

A eso se suma el escenario seleccionado para ese año, los elementos necesarios para montarlo, las togas, los birretes y todo lo que vamos a necesitar para las fotografías oficiales.

Y, por supuesto, también tengo que preparar mi propia maleta, porque no voy solamente por unas horas.

Voy a pasar varios días trabajando lejos de mi estudio.

Empacar el carro para esa semana se convierte casi en un ejercicio de Tetris.

Cada espacio cuenta; Cada caja tiene un propósito; Cada cosa tiene que estar.

Porque Quepos está a más de tres horas de mi estudio y descubrir allá que dejé algo importante no es precisamente una opción.

Toda esa preparación es parte del trabajo.

Y aunque puede ser cansada, también me gusta.

Porque sé que cada detalle que preparo antes de salir va a permitir que, cuando llegue el momento de fotografiar a una familia, todo fluya.

Dos estilos para contar una misma etapa

Cada estudiante tiene una fotografía oficial de graduación con toga y birrete sobre fondo gris.

Es la imagen más clásica.

La que probablemente terminará enmarcada en la casa de los padres o los abuelos.

Pero también me gusta que tengan algo diferente.

Por eso cada año trabajamos un segundo escenario con un concepto más casual, relajado y creativo.

La idea es que los estudiantes puedan tener imágenes que reflejen no solamente la formalidad de la graduación, sino también un poco más de quiénes son en ese momento.

Para mí ambas fotografías tienen valor.

Una representa el logro.

La otra representa la persona.

Cuatro días, cuatro generaciones y cientos de pequeños momentos

La semana de graduaciones es una de las más intensas de mi calendario profesional.

Este año comenzamos el martes con los estudiantes de sexto grado.

El miércoles fue el turno de noveno.

El jueves fotografiamos preparatoria.

Y el viernes cerramos con undécimo año: los seniors.

Cada día implica muchas sesiones individuales, fotografías familiares, retratos grupales, cambios de iluminación, organización, poses, expresiones y muchísima interacción.

También realizamos fotografías institucionales para el colegio: imágenes de clases, profesores, instalaciones y distintos momentos de la vida estudiantil que posteriormente pueden utilizarse para publicidad, comunicación y redes sociales.

Físicamente es una semana muy demandante.

Mentalmente también.

Hay que mantener la energía durante horas, cuidar cada detalle técnico y, al mismo tiempo, recordar algo que para mí es fundamental:

Aunque yo pueda realizar muchas sesiones durante un mismo día, para la persona que tengo frente a mi cámara esa es su sesión.

Ese es su momento.

Esa es su fotografía de graduación.

Y nunca quiero perder de vista eso.

Mientras yo me preparo, las familias también lo hacen

Algo que me parece especialmente bonito es que, con los años, he podido observar que esta semana no es importante solamente para mí.

También lo es muchísimo para las familias.

Detrás de cada sesión hay otra preparación que muchas veces comienza días antes.

Las familias piensan qué ropa van a utilizar.

Coordinan paletas de colores.

Deciden cómo combinarse sin necesariamente vestirse todos iguales.

Organizan horarios.

Piden permisos en sus trabajos.

Apartan parte del día para poder estar juntos.

Las mamás muchas veces aprovechan para ir al salón, hacerse el cabello, maquillarse o arreglarse las uñas.

Los estudiantes también se preparan.

Todos llegan sabiendo que ese día estamos creando algo que probablemente va a permanecer en su familia durante muchos años.

Y eso para mí tiene muchísimo valor.

Porque cuando una familia dedica tiempo a prepararse para una sesión, también me está diciendo que valora el trabajo que vamos a realizar juntos.

Hay una intención de ambos lados.

Yo quiero entregarles fotografías profesionales y recuerdos importantes.

Y ellos también llegan con la ilusión de crear esos recuerdos.

Ahí es donde la experiencia deja de ser simplemente una sesión fotográfica y se convierte en algo compartido.

Una semana de fotografías que también mueve a la comunidad

Con el tiempo también empecé a notar algo que me encanta de esta semana.

No solamente genera trabajo para mí.

Genera movimiento dentro de la comunidad.

Las familias van a los salones de belleza.

Se hacen las uñas.

Buscan maquillaje.

Compran o preparan ropa.

Visitan comercios.

Comen juntos después de las sesiones.

Se organizan alrededor de un acontecimiento que para ellos es importante.

Y me parece muy bonito pensar que una semana de fotografía puede convertirse también en una pequeña cadena de trabajo para otras personas de Quepos.

Cada uno participa, aunque sea de una manera pequeña, en la preparación de ese recuerdo.

Quizás quienes están involucrados nunca lleguen a verse entre sí, pero todos terminamos formando parte de una misma celebración.

Cuando los estudiantes ya saben que llegó “la semana de las fotos”

Hay momentos que probablemente parecen pequeños, pero para mí tienen muchísimo significado.

Por ejemplo, cuando entro a un aula para realizar las fotografías institucionales.

Después de tantos años, muchos estudiantes ya me conocen.

Me ven entrar con la cámara y empiezan las bromas.

Y de repente todo cambia.

Para ellos probablemente es algo cotidiano.

Para mí es una señal de que mi presencia ya forma parte, aunque sea durante unos días al año, de la dinámica del colegio.

También sucede con los profesores.

Nos reconocemos.

Nos saludamos.

Retomamos conversaciones.

Y siete años después, todo eso empieza a sentirse muy familiar.

Fotografiar familias que he visto crecer

Quizás una de las partes que más me conmueve es encontrarme nuevamente con las familias.

Algunas regresan cada ciertos años porque uno de sus hijos se gradúa.

Después viene el hermano.

Más adelante nos encontramos otra vez.

Y así voy viendo crecer no solamente a los estudiantes, sino también a las familias.

Las fotografías de graduación muchas veces terminan convirtiéndose en sesiones familiares.

Y ahí es cuando recuerdo que una fotografía que para mí forma parte de una jornada de trabajo puede terminar siendo una de las imágenes más importantes de una familia.

Esa responsabilidad me emociona muchísimo.

Especialmente cuando después recibo mensajes de agradecimiento o cuando alguna familia me cuenta cuánto valoró sus fotografías.

Esos mensajes hacen que el cansancio de la semana tenga sentido.

Quepos también me ha hecho sentir parte de su comunidad

Quepos tiene algo muy especial.

Es una comunidad relativamente pequeña y muchas de las familias de Los Delfines también tienen comercios, restaurantes o negocios en la zona.

Por eso mi relación con ellos no termina cuando salgo del colegio.

Me ha pasado estar caminando por Quepos, entrar a comer a algún lugar o visitar un negocio y encontrarme con padres o estudiantes que fotografié.

Nos reconocemos.

Nos saludamos.

Conversamos un ratito.

Y me parece muy especial que una persona que vive y trabaja a varias horas de distancia pueda llegar una vez al año a un lugar y sentir ese pequeño sentido de pertenencia.

Durante esa semana, Quepos deja de sentirse simplemente como el destino al que fui a trabajar.

Se siente un poquito como volver.

También necesito encontrar unos minutos para respirar

Durante una semana tan intensa también he aprendido que necesito encontrar pequeños espacios para recargar energía.

No siempre tengo mucho tiempo.

Hay días llenos de sesiones, preparación de equipo, fotografías familiares y trabajo desde temprano.

Pero intento regalarme aunque sea un pequeño momento.

A veces es ir a comerme un helado a Marina Pez Vela y sentarme unos minutos a ver el atardecer.

Otras veces, si el horario lo permite, acercarme al mar.

Meter los pies en el agua.

Bañarme un rato.

Respirar.

Recordar que estoy trabajando en uno de los lugares más bonitos de Costa Rica.

Esos minutos son pequeños, pero significan mucho.

Después de pasar horas entre cámaras, luces, sesiones y horarios, estar unos minutos frente al Pacífico me ayuda a recuperar energía.

Y después seguimos.

Porque al día siguiente hay otra generación esperando.

La fotografía escolar es mucho más que tomar una foto

Trabajar durante siete años consecutivos con una misma institución me ha hecho reflexionar muchísimo sobre lo que significa realmente la fotografía escolar y de graduación.

No se trata únicamente de colocar a una persona frente a una cámara.

Se trata de entender qué etapa estamos documentando.

Un niño que termina preparatoria está cerrando un capítulo.

Un estudiante que termina sexto está dejando atrás la escuela.

Uno que termina noveno atraviesa otra transición importante.

Y un senior está viviendo probablemente algunos de los últimos momentos junto a compañeros con quienes ha compartido gran parte de su vida.

Por eso cada generación merece ser fotografiada con intención.

Pero también importa muchísimo cómo hacemos sentir a la persona que tenemos frente a la cámara.

Mural realizado por los 11mos años, para que fuera el fondo de sus fotos casuales

Siete años después

Cuando miro hacia atrás y pienso que aquella primera sesión fue en medio de una pandemia, con un pequeño grupo de estudiantes de sexto grado, me impresiona ver en lo que se convirtió este proyecto.

Hoy son cuatro generaciones.

Pero, sobre todo, son siete años de historias

Y creo que ese es uno de los mayores privilegios que me ha dado la fotografía: poder regresar al mismo lugar año tras año y comprobar, a través de mi cámara, cuánto puede cambiar una persona, una familia y una comunidad.

Gracias al Colegio Los Delfines y a todas las familias que durante estos siete años me han permitido estar presente en momentos tan importantes.

Espero que dentro de muchos años alguno de esos estudiantes encuentre una de estas fotografías en su casa y pueda recordar exactamente quién era en ese momento.

Porque al final, para mí, la fotografía de graduación nunca ha sido solamente fotografiar cómo se veía alguien.

Es guardar evidencia de una etapa que nunca va a repetirse exactamente de la misma manera.

Y qué privilegio poder hacerlo.

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